CRONICAS Y PERSONAJES
ALFONSO ESCOBAR “EL FALSO”
Por: J.
Elías Córdoba Valencia
El Colegio
Carrasquilla funciona en uno que junto al Palacio
Episcopal, el antiguo hospital San Francisco de Asís, las Cinco Quintas y la
Alcaldía de Quibdó constituyen los edificios emblemáticos del pasado decente de
la que fuera llamada con alguna razón “Villa de Asís”.
Ese colegio que por una
extraña razón, escondiera su hermosa fachada,
siempre estuvo a la zaga de
El “Alma Mater
tradicional” disponía de una cancha cuyas dimensiones solo alcanzaban para
partidos de algo así como una mezcla entre el microfútbol y el fútbol de verdad
que se jugaba en la Normal; pero tenía su encanto, evitaba lo que se
consideraba un sitio lejano, dada la extensión del pueblo de entonces. En esta cancha, un partido sin trascendencia acogía mas
público, y volarse a jugar allá era más fácil que en
la Normal, ya que por esos días, barrios como Medrano eran solo un pedacito de
calle; donde están La playita y Alfonso López solo había monte; la Cascorba y
el puente de Cabí eran sitios de paseo fuera de la ciudad.
En esa canchita del
Carrasquilla se jugaban partidos reñidos y contaba con público propio aun en eventos
sin trascendencia, y de vez en cuando sus muros -
que eran una especie de tribuna de occidental numerada -
se veían colmados hasta las banderas. Pero nunca tan colmados ni tan llenos
como aquel ya lejano día a finales de los sesentas, cuando se armaron dos
equipos con lo más selecto del fútbol quibdoseño del momento.
El
personaje
Muchos fueron los
convocados, pero solo los que gozaban de mayor reconocimiento llegaron a las
líneas titulares que se armaron para enfrentar y acompañar al personaje que por
esos días visitaba Quibdó, ciudad a la que llegó procedente de Medellín, y que
se hospedara en la residencia de la familia Mosquera Caicedo en el barrio La Yesquita,
donde fue objeto de las mejores atenciones, acomodado en habitación especial,
chancletas al pie de la cama, toallas nuevas y apetitosos bocados de la
deliciosa culinaria chocoana, incluso en desmedro de los tradicionales
volúmenes servidos a los residentes habituales Lorenzo y “Patica”.
La primera estación fue en la zapatería de
“Chirola” en la Yesca grande, con quien se trenzó en efusivo abrazo, precedido
por un “hola jiquerón mi viejo amigo”, y permitió el saludo del doctor Rosero,
el señor Oswaldo Dueñas y el sastre Abuhatab, en representación de los pocos
fanáticos que vibraban con Pachito eché a orillas del Atrato y contó con el
privilegiado acompañamiento de jóvenes como Henry Hurtado, Freddy Lozano,
henchido del caleño que registra su cedula, Pacho “pava”, Mundito, Chimi
Lozano, Lubín Rodriguez, Alberto Bechara, Chucho “palo” y otros que pugnaban
por estar cerca a un jugador profesional, de esos que mencionaban por la radio
y que solo se veían en las fotos de los periódicos,
materia prima para los álbumes que testimoniaban la militancia en los
principales equipos de fútbol, y constituían
el mayor acercamiento a la imagen de los ídolos del balón. La otra posibilidad
era a través del campeón Carlos Arturo Rueda C., un narrador que desde la radio
hacía vivir el fútbol, transmitiendo con precisión y emoción lo que ocurría en
la cancha, en el estadio y en sus alrededores, a falta de la TV, que recién se asomaba por estos lares, sin la
elevada carga de deporte, farándula y basura que hoy domina la pantalla.
El recorrido
La caravana
viró por la quinta hacia la Yesquita, con escala en la casa de Las Leudo después de la calle de Las Águilas, donde
Silvio Arias, Lorenzo Mosquera y Donaldito Lozano, lucían orgullosos de tutearse con el personaje, y entre preguntas
sobre negociaciones en la bolsa de jugadores para el siguiente año Silvio
indagaba por la contratación del argentino Roma para la portería del Cali, y
Escobar asentía con la cabeza, con la seguridad de quien se movía entre la
elite del fútbol nacional. En un gesto amistoso y aprovechando que era tiempo
de marañón, Silvio lo animaba a consumir la vernácula fruta promoviéndola como
rica en yodo, bueno para prevenir el coto.
Algunos muchachitos embelesados lo miraban
con curiosidad, y los más osados se acercaban para tocarlo con el orgullo de
estar cerca a un futbolista profesional de esos que solo se veían en la prensa
y emprendían la retirada entre orgullosos comentarios
que compartirían con sus compañeritos de barriada haciendo fiero a los otros
por el privilegio alcanzado. Después de medirlo con la vista, “guabina” con el tabaco en una mano y sin pedir la
palabra afirmo, negando con la cabeza y asintiendo: futbolistas?.. Silvio Dueñas....Joselín
Murillo, Ramiro Garceees; es como esos, es como esos?..., aaahh; asi sii.
La discusión que se armó
con los comentarios de Chamaquito, Antonio “La perra”, Furi, “carne vieja”, “Mister Príle” y “mono
manso” subían la temperatura y preparaban la expectativa.
El partido
Los finos trazos con olor a cal recién regada
que adornaban la cancha del Carrasquilla esperaban por la estelar presentación del
visitante, con los muros llenos de sus habituales y nuevos espectadores que la colmaron a la
usanza de los clásicos de entonces entre Normal y Carrasquilla. La selección debía incluir a los mejores para alternar
con tan ilustre personaje y nadie que no hubiese sido selección Chocó o al
menos titular de la Normal o el Carrasquilla podía aspirar a estar siquiera en
la banca de las alineaciones que incluían gente
de la talla de Tununúnu, Toñito Asprilla,
“Nene” Rojas, Lorenzo Mosquera, “Negro” Henry, Amancio Dueñas, “Manducho”
Sinisterra, y Montenegro, un samario pata brava fino y técnico, que estudiaba en el Carrasquilla,
que había llegado a Quibdó en compañía de un tío que laboraba como docente en
el colegio, casado con la seño Rebeca Abadía. “Gordito” y “moro” Rente estaban
en lista, pero tuvieron que viajar a Istmina.
La terna arbitral se escogería entre el
“Negro” Aníbal, Fortunato Caicedo, Abril y Cuní quien sin muchas posibilidades,
de todas maneras acudió al escenario y en algo colaboró; “Cucúa” aun no incursionaba en el arte del pito. Otro que
apareció en la escena a última hora fue un muchacho que se presentó como
jugador del Once Philips de Manizales; pero alguien que lo conocía dijo que no
era sino un bugueñero ahí; y nadie le paró bolas….El sol, la brisa, todo el
decorado de la tarde estaba organizado para
Escobar.
Ahora sí el fútbol
Y empezó a rodar el balón con la atención
centrada en el visitante, quien desde el calentamiento se esforzaba por mostrar
la fibra y el estilo de un verdadero profesional, cuyos ademanes anunciaban alguna
floritura en cualquier momento.
Aunque cada estrella del firmamento local
procuraba lucirse, la mayoría de los balones se dirigían a Escobar, en espera
del momento cumbre en que pusiera su sello en el arenal que servía de antesala
a la imponente arquitectura republicana del decano de las instituciones
educativas chocoanas; este recibía y tocaba con algún ademán de corte
pajanciero que era recibido con expectativa entre el público.
Un pase al vacío despachado con acierto por
Escobar generó complacencia entre el público y aceleraba la espera por una maniobra
digna de su categoría que cerca al final del primer tiempo, continuaba esquiva,
hasta que el pitazo para el descanso prolongó la espera y dio paso a los
comentarios y la discusión en la que algunos en defensa del visitante culpaban
a los riesgos de la empedrada cancha como la razón para que su esfuerzo no
hubiese sido el mejor; otros apelando a la valoración de lo propio, alegaban
que los de aquí eran mejores, lo que pasaba era que nunca les daban la
oportunidad para demostrarlo.
Juan “tubo” quien se atrevió a decir que a él
ese ‘man’ no lo había convencido, que quién
sabe de dónde había salido, porque ahí pues, no había mostrado nada y no le
estaba comiendo cuento, solo recibió miradas de desaprobación por tan
irreverente apreciación. Higinio Mosquera y “envenenao”, mantenían un silencio
cabrero; pero aun en el descanso, las miradas se concentraban en el personaje, que hasta en la forma de asir el vaso
con la avena preparada por mamá Sara, se gastaba su estilo.
El primer gol anotado, pese a su buena
factura no logró despertar el entusiasmo que
en un partido común habría generado, pues una chalaca es una chalaca en
cualquier lugar del mundo, y el grado de dificultad con que se facturó esta, no
desmerecía el entusiasmo de un buen grito de gol, pero las emociones parecían
reservadas para las esperadas genialidades del visitante, quien recibió un
balón aéreo que le rozó la cabeza y continuó su camino hacia atrás, que provocó
entre la hinchada un profundo hhhhhhmmmm… que rebotó en la casa de “Los Remojaos” y llegó hasta la subida de la loma de
San Judas detrás de la calle de Belén, en el
barrio El Silencio.
El embuchao
“Jhhmm…, ay carajo, nooo que vaa, beeee”;
fueron expresiones con las que se empezó a sembrar la duda por la espera de una
estrella, que no brillaba, hasta el
momento casi a la mitad cumplida del
segundo tiempo, en el que un balón suave y bien dirigido fue recepcionado por
el visitante, deslizándose torpemente por su tobillo, hasta caer al pie,
haciendo trastabillar su humanidad y tras ella, las expectativas generadas
entre los fanáticos que su promocionada presencia llevara al espectáculo. Pero
esta vez el hhhjjmmmm de desconfianza inicial, se transformó en “noooooo que va hommme”,
“noooo maanoo; estos de a onde sacaron ese tipo”, “que vaa, esess
muchoo paaquete”; “oigaa
eso si es un embuchao”; “ese
guevon de onde habrá salido, que barraquera, noo que vaa”.
La desazón cundió entre los espectadores; que
en grupos manoteando, vociferando y haciendo chistes, se dirigieron entre
asombrados y risueños por las diferentes rutas hacia los barrios, como al final
de un desfile de banderas; y durante ese fin de semana no se habló de otra
cosa; que quién lo conocía, que Mariano Moreno le había prestado dos camisas y
cuando fue a reclamarlas, Patica se le emberracó y le dijo que a él también se
le había llevado una. “La que más me duele es la
rosada dominguera esa, noooo que berraaaco”,
pero “Pacha pacha” tuvo la culpa, alcanzó a murmurar rumiando su desconsuelo; y
que Tato el de los Amarantos quien había sido uno de los entusiastas promotores
del personaje, también le había prestado ropa; Pilancho dijo que se había
salvado por que la de él no le servía; y que los guayos de Wilfridito, y las
medias de Pomponio que se las había comprado un tío en la Casa Olímpica de
Bogotá y el suspensorio de Marco “Severa”, todos los implementos que le
prestaron para el partido, viajaron con él esa noche.
Ahora si cayeron en cuenta que cuando le
mostraban las fotos de los álbumes o de revistas como “Vea deportes” o “Deporte
Grafico”, en imágenes en las que se reconocía siempre aparecía de espaldas, en
algún borbollón con el rostro oculto, difuso, en el suelo o boca abajo. Vianny
si había dicho que aunque iba a ir al Carrasquilla, a él ese “man” no lo tramaba, por que el Alfonso Escobar que
había visto cuando fue al Campín con Armandito Mosquera en las vacaciones
pasadas, era negro y mas alto… “se fijan, eso
es por comerle cuento a cualquier baboso que se aparezca por aquí, chochas de
mierda. Bien hecho”, eso les pasa por coralíbes afirmó un
contertulio en el billar de Moisés Ortiz en el Pan de yuca.
Y pensar que ya habían parejas listas para
esa noche en Piamonte, después del partido y luego del sancocho que ya estaban
preparando en la casa de Jesús Perea, en homenaje a este vividor que confesó
avergonzado que hace tiempo quería conocer
Quibdó y que en la flota en Medellín (ubicada cerca a la Alpujarra), vio
a Braulio Sánchez “Papá tomá” y le comentó que era amigo de Chirola, que si lo
llevaba a Quibdó y este amablemente le dijo que sí, pero ya en el camino se le
ocurrió el cuento de hacerse pasar por futbolista.
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