lunes, 1 de abril de 2024

Cronicas y personajes "Alfonso Escobar el falso"

 

CRONICAS Y PERSONAJES

ALFONSO ESCOBAR “EL FALSO”

 

Por: J. Elías Córdoba Valencia

 

El Colegio Carrasquilla funciona en uno que junto al Palacio Episcopal, el antiguo hospital San Francisco de Asís, las Cinco Quintas y la Alcaldía de Quibdó constituyen los edificios emblemáticos del pasado decente de la que fuera llamada con alguna razón “Villa de Asís”.

 

Ese colegio que por una extraña razón, escondiera su hermosa fachada, siempre estuvo a la zaga de la Escuela Normal en materia de fútbol, en gran medida por carecer de una cancha apropiada para la práctica de este deporte, la que sí existía en el centro educativo en donde se formaban docentes que en el pasado dieron lustre a la comarca allende sus fronteras.

 

El “Alma Mater tradicional” disponía de una cancha cuyas dimensiones solo alcanzaban para partidos de algo así como una mezcla entre el microfútbol y el fútbol de verdad que se jugaba en la Normal; pero tenía su encanto, evitaba lo que se consideraba un sitio lejano, dada la extensión del pueblo de entonces. En esta cancha, un partido sin trascendencia acogía mas público, y volarse a jugar allá era más fácil que en la Normal, ya que por esos días, barrios como Medrano eran solo un pedacito de calle; donde están La playita y Alfonso López solo había monte; la Cascorba y el puente de Cabí eran sitios de paseo fuera de la ciudad.

 

En esa canchita del Carrasquilla se jugaban partidos reñidos y contaba con público propio aun en eventos sin trascendencia, y de vez en cuando sus muros - que eran una especie de tribuna de occidental numerada - se veían colmados hasta las banderas. Pero nunca tan colmados ni tan llenos como aquel ya lejano día a finales de los sesentas, cuando se armaron dos equipos con lo más selecto del fútbol quibdoseño del momento.

 

El personaje

Muchos fueron los convocados, pero solo los que gozaban de mayor reconocimiento llegaron a las líneas titulares que se armaron para enfrentar y acompañar al personaje que por esos días visitaba Quibdó, ciudad a la que llegó procedente de Medellín, y que se hospedara en la residencia de la familia Mosquera Caicedo en el barrio La Yesquita, donde fue objeto de las mejores atenciones, acomodado en habitación especial, chancletas al pie de la cama, toallas nuevas y apetitosos bocados de la deliciosa culinaria chocoana, incluso en desmedro de los tradicionales volúmenes servidos a los residentes habituales Lorenzo y “Patica”.

 

La primera estación fue en la zapatería de “Chirola” en la Yesca grande, con quien se trenzó en efusivo abrazo, precedido por un “hola jiquerón mi viejo amigo”, y permitió el saludo del doctor Rosero, el señor Oswaldo Dueñas y el sastre Abuhatab, en representación de los pocos fanáticos que vibraban con Pachito eché a orillas del Atrato y contó con el privilegiado acompañamiento de jóvenes como Henry Hurtado, Freddy Lozano, henchido del caleño que registra su cedula, Pacho “pava”, Mundito, Chimi Lozano, Lubín Rodriguez, Alberto Bechara, Chucho “palo” y otros que pugnaban por estar cerca a un jugador profesional, de esos que mencionaban por la radio y que solo se veían en las fotos de los periódicos, materia prima para los álbumes que testimoniaban la militancia en los principales equipos de fútbol, y constituían el mayor acercamiento a la imagen de los ídolos del balón. La otra posibilidad era a través del campeón Carlos Arturo Rueda C., un narrador que desde la radio hacía vivir el fútbol, transmitiendo con precisión y emoción lo que ocurría en la cancha, en el estadio y en sus alrededores, a falta de la TV, que recién se asomaba por estos lares, sin la elevada carga de deporte, farándula y basura que hoy domina la pantalla.

 

El recorrido

La caravana  viró por la quinta hacia la Yesquita, con escala en la casa de Las Leudo después de la calle de Las Águilas, donde Silvio Arias, Lorenzo Mosquera y Donaldito Lozano, lucían orgullosos de tutearse con el personaje, y entre preguntas sobre negociaciones en la bolsa de jugadores para el siguiente año Silvio indagaba por la contratación del argentino Roma para la portería del Cali, y Escobar asentía con la cabeza, con la seguridad de quien se movía entre la elite del fútbol nacional. En un gesto amistoso y aprovechando que era tiempo de marañón, Silvio lo animaba a consumir la vernácula fruta promoviéndola como rica en yodo, bueno para prevenir el coto.

 

Algunos muchachitos embelesados lo miraban con curiosidad, y los más osados se acercaban para tocarlo con el orgullo de estar cerca a un futbolista profesional de esos que solo se veían en la prensa y emprendían la retirada entre orgullosos comentarios que compartirían con sus compañeritos de barriada haciendo fiero a los otros por el privilegio alcanzado. Después de medirlo con la vista, “guabina” con el tabaco en una mano y sin pedir la palabra afirmo, negando con la cabeza y asintiendo: futbolistas?.. Silvio Dueñas....Joselín Murillo, Ramiro Garceees; es como esos, es como esos?..., aaahh; asi sii.

 

La discusión que se armó con los comentarios de Chamaquito, Antonio “La perra”,  Furi, “carne vieja”, “Mister Príle” y “mono manso” subían la temperatura y preparaban la expectativa.

 

El partido

Los finos trazos con olor a cal recién regada que adornaban la cancha del Carrasquilla esperaban  por la estelar presentación del visitante, con los muros llenos de sus habituales y nuevos espectadores que la colmaron a la usanza de los clásicos de entonces entre Normal y Carrasquilla. La selección debía incluir a los mejores para alternar con tan ilustre personaje y nadie que no hubiese sido selección Chocó o al menos titular de la Normal o el Carrasquilla podía aspirar a estar siquiera en la banca de las alineaciones que incluían gente de la talla de Tununúnu, Toñito Asprilla, “Nene” Rojas, Lorenzo Mosquera, “Negro” Henry, Amancio Dueñas, “Manducho” Sinisterra, y Montenegro, un samario pata brava fino y  técnico, que estudiaba en el Carrasquilla, que había llegado a Quibdó en compañía de un tío que laboraba como docente en el colegio, casado con la seño Rebeca Abadía. “Gordito” y “moro” Rente estaban en lista, pero tuvieron que viajar a Istmina.

 

La terna arbitral se escogería entre el “Negro” Aníbal, Fortunato Caicedo, Abril y Cuní quien sin muchas posibilidades, de todas maneras acudió al escenario y en algo colaboró; “Cucúa” aun  no incursionaba en el arte del pito. Otro que apareció en la escena a última hora fue un muchacho que se presentó como jugador del Once Philips de Manizales; pero alguien que lo conocía dijo que no era sino un bugueñero ahí; y nadie le paró bolas….El sol, la brisa, todo el decorado de la tarde estaba organizado para  Escobar.

 

Ahora sí el fútbol

Y empezó a rodar el balón con la atención centrada en el visitante, quien desde el calentamiento se esforzaba por mostrar la fibra y el estilo de un verdadero profesional, cuyos ademanes anunciaban alguna floritura en cualquier momento.

 

Aunque cada estrella del firmamento local procuraba lucirse, la mayoría de los balones se dirigían a Escobar, en espera del momento cumbre en que pusiera su sello en el arenal que servía de antesala a la imponente arquitectura republicana del decano de las instituciones educativas chocoanas; este recibía y tocaba con algún ademán de corte pajanciero que era recibido con expectativa entre el público.

 

Un pase al vacío despachado con acierto por Escobar generó complacencia entre el público y aceleraba la espera por una maniobra digna de su categoría que cerca al final del primer tiempo, continuaba esquiva, hasta que el pitazo para el descanso prolongó la espera y dio paso a los comentarios y la discusión en la que algunos en defensa del visitante culpaban a los riesgos de la empedrada cancha como la razón para que su esfuerzo no hubiese sido el mejor; otros apelando a la valoración de lo propio, alegaban que los de aquí eran mejores, lo que pasaba era que nunca les daban la oportunidad para demostrarlo.

 

Juan “tubo” quien se atrevió a decir que a él ese ‘man’ no lo había convencido, que quién sabe de dónde había salido, porque ahí pues, no había mostrado nada y no le estaba comiendo cuento, solo recibió miradas de desaprobación por tan irreverente apreciación. Higinio Mosquera y “envenenao”, mantenían un silencio cabrero; pero aun en el descanso, las miradas se concentraban en el personaje, que hasta en la forma de asir el vaso con la avena preparada por mamá Sara, se gastaba su estilo.

 

El primer gol anotado, pese a su buena factura no logró despertar el entusiasmo que  en un partido común habría generado, pues una chalaca es una chalaca en cualquier lugar del mundo, y el grado de dificultad con que se facturó esta, no desmerecía el entusiasmo de un buen grito de gol, pero las emociones parecían reservadas para las esperadas genialidades del visitante, quien recibió un balón aéreo que le rozó la cabeza y continuó su camino hacia atrás, que provocó entre la hinchada un profundo hhhhhhmmmm… que rebotó en la casa de “Los Remojaos” y llegó hasta la subida de la loma de San Judas detrás de la calle de Belén, en el barrio El Silencio.

 

El embuchao

“Jhhmm…, ay carajo, nooo que vaa, beeee”; fueron expresiones con las que se empezó a sembrar la duda por la espera de una estrella, que no brillaba, hasta el momento  casi a la mitad cumplida del segundo tiempo, en el que un balón suave y bien dirigido fue recepcionado por el visitante, deslizándose torpemente por su tobillo, hasta caer al pie, haciendo trastabillar su humanidad y tras ella, las expectativas generadas entre los fanáticos que su promocionada presencia llevara al espectáculo. Pero esta vez el hhhjjmmmm de desconfianza inicial, se transformó en noooooo que va hommme, noooo maanoo; estos de a onde sacaron ese tipo, que vaa, esess muchoo paaquete; oigaa eso si es un embuchao; ese guevon de onde habrá salido, que barraquera, noo que vaa.

 

La desazón cundió entre los espectadores; que en grupos manoteando, vociferando y haciendo chistes, se dirigieron entre asombrados y risueños por las diferentes rutas hacia los barrios, como al final de un desfile de banderas; y durante ese fin de semana no se habló de otra cosa; que quién lo conocía, que Mariano Moreno le había prestado dos camisas y cuando fue a reclamarlas, Patica se le emberracó y le dijo que a él también se le había llevado una. La que más me duele es la rosada dominguera esa, noooo que berraaaco, pero “Pacha pacha” tuvo la culpa, alcanzó a murmurar rumiando su desconsuelo; y que Tato el de los Amarantos quien había sido uno de los entusiastas promotores del personaje, también le había prestado ropa; Pilancho dijo que se había salvado por que la de él no le servía; y que los guayos de Wilfridito, y las medias de Pomponio que se las había comprado un tío en la Casa Olímpica de Bogotá y el suspensorio de Marco “Severa”, todos los implementos que le prestaron para el partido, viajaron con él esa noche.

 

Ahora si cayeron en cuenta que cuando le mostraban las fotos de los álbumes o de revistas como “Vea deportes” o “Deporte Grafico”, en imágenes en las que se reconocía siempre aparecía de espaldas, en algún borbollón con el rostro oculto, difuso, en el suelo o boca abajo. Vianny si había dicho que aunque iba a ir al Carrasquilla, a él ese “man”  no lo tramaba, por que el Alfonso Escobar que había visto cuando fue al Campín con Armandito Mosquera en las vacaciones pasadas, era negro y mas alto… se fijan, eso es por comerle cuento a cualquier baboso que se aparezca por aquí, chochas de mierda. Bien hecho,  eso les pasa por coralíbes afirmó un contertulio en el billar de Moisés Ortiz en el Pan de yuca.

 

Y pensar que ya habían parejas listas para esa noche en Piamonte, después del partido y luego del sancocho que ya estaban preparando en la casa de Jesús Perea, en homenaje a este vividor que confesó avergonzado que hace tiempo quería conocer  Quibdó y que en la flota en Medellín (ubicada cerca a la Alpujarra), vio a Braulio Sánchez “Papá tomá” y le comentó que era amigo de Chirola, que si lo llevaba a Quibdó y este amablemente le dijo que sí, pero ya en el camino se le ocurrió el cuento de hacerse pasar por futbolista.

 

 

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